Durante casi treinta años, una casa campestre en las alturas de Galipán fue sinónimo de cocina vasca honesta, de guisos que bajaban mezclados con el aroma del eucalipto y el aire fresco del Ávila. Luego llegó el silencio. Casa Pakea cerró sus puertas en diciembre de 2024, dejando las mesas vacías y las ollas frías durante seis meses. Ahora, bajo una nueva gerencia comprometida con la autenticidad, ese legado ha vuelto a encenderse.
Un cierre que no pudo borrar la memoria
La pausa fue deliberada. La familia que durante décadas construyó el legado de Casa Pakea decidió detenerse y preguntarse con honestidad qué vendría después. El cierre temporal se extendió por seis meses, un período que, lejos de borrar la memoria de los comensales, pareció avivarla.
La estructura de la casa permaneció intacta. Quienes se negaron a dejar morir el local mantuvieron vivo el espacio físico mientras se resolvía el futuro de un lugar que muchos consideran el refugio culinario más emblemático de Galipán. La reapertura, cuando llegó, fue recibida como un evento esperado por una ciudad que busca puntos de anclaje en medio de la vorágine cotidiana.
La herencia de Juan Manuel Bereciartua
El nombre detrás de tres décadas de tradición vasca en la montaña es Juan Manuel Bereciartua, el hombre que convirtió la sala de su propio hogar en un espacio gastronómico de referencia. Su apuesta fue tan sencilla como radical: trasladar la disciplina y la autenticidad de la cocina vasca a un caserío en las alturas del Ávila, donde el mar y la tierra se funden en una relación simbiótica.
Esa decisión, sostenida durante casi tres décadas, forjó una identidad que ningún cierre temporal pudo desmantelar. La herencia de Bereciartua no reside únicamente en los platos que salían de aquella cocina, sino en la manera en que la casa misma se convirtió en parte del paisaje cultural de Galipán.
Una cocina que define un lugar
La propuesta de Casa Pakea no fue nunca la de un restaurante convencional. Su valor residió siempre en la autenticidad, en el hecho de que el espacio conservó el espíritu de un caserío original, donde el lujo no se mide en mármoles ni en vajillas importadas, sino en la relación genuina entre el entorno natural y lo que se sirve en la mesa.
Esa filosofía es, precisamente, lo que la nueva etapa se ha comprometido a preservar.
Jonathan Rivero: el ingeniero que se convirtió en restaurador
La nueva gerencia de Casa Pakea recayó en Jonathan Rivero, un ingeniero civil que, por vocación y por destino según quienes lo conocen, asumió el mando del establecimiento con una convicción clara: respetar la historia y evitar las alteraciones innecesarias.
Rivero comprendió desde el inicio que el valor de este espacio reside en su autenticidad. Su gestión representa, en palabras de quienes han seguido de cerca la reapertura, un pacto de respeto con la herencia que Bereciartua construyó a lo largo de tres décadas. No se trata de reinventar, sino de rescatar.
La llegada de una figura como Rivero —alguien ajeno al mundo de la restauración por formación, pero profundamente comprometido con la tradición por convicción— marcó el tono de esta nueva etapa. La casa no busca transformarse; busca continuar.
El trayecto: entre baches, eucalipto y comunidad
Llegar a Casa Pakea forma parte de la experiencia. El establecimiento propone tres rutas de acceso, y una de ellas comienza en el Centro San Ignacio, en Caracas. Allí espera Tony, cuyo nombre completo es Juan Antonio Diana, un hombre de 60 años que conduce su rústico con la memoria de quien creció entre flores y niebla en la montaña.
Tony conoce cada curva del ascenso. A sus años, maneja con la naturalidad de quien pertenece a ese territorio, devorando la pendiente mientras el paisaje urbano de Caracas comienza a cerrarse detrás de la vegetación.
Una comunidad en reconstrucción
El trayecto revela algo más que un paisaje. Galipán es una comunidad en plena reconstrucción. Grupos de obreros y cuadrillas estatales trabajan en la señalización y la estabilización de las vías empedradas que suben desde Los Venados. Tony lo observa con satisfacción: desde hace meses, señala, hay inversión real en las vías.
Esa inversión responde a una realidad concreta: los fines de semana y en feriados como Carnaval o Semana Santa, el flujo de visitantes que sube a Galipán es constante y significativo. Quienes administran el acceso parecen haber tomado nota.
El aire que cambia todo
A medida que el rústico gana altura, el entorno se transforma de manera perceptible. El olor a combustible de la ciudad cede ante la fragancia del eucalipto, una presencia que los lugareños asocian históricamente con la sanación. En apenas 30 o 40 minutos desde Caracas, la geografía obliga al visitante a bajar la velocidad, a respirar distinto.
Es en ese punto donde comienza, en realidad, la experiencia de Casa Pakea. Antes de sentarse a la mesa, antes de que llegue el primer plato de herencia vasca, el camino mismo ya ha cumplido su función: separar al visitante del ruido y acercarlo a algo más antiguo, más quieto, más auténtico.
Una reapertura como acto cultural
La vuelta de Casa Pakea no es simplemente la apertura de un restaurante. Es la restitución de un punto de referencia para una ciudad que valora, quizás ahora más que nunca, su capacidad de conservar lo valioso. Tres décadas de herencia vasca en una casa de montaña no se improvisan ni se repiten fácilmente.
La nueva gerencia lo sabe. La comunidad de Galipán lo sabe. Y los comensales que esperaron pacientemente durante seis meses también lo saben. Por eso la reapertura de esta casa campestre fue recibida no como una novedad, sino como un regreso necesario.
